Tierra de contrastes, Extremadura constituye un destino idóneo para quienes quieren entrar en contacto con una realidad nueva, sorprendente y estimulante. Un viaje a través de ella se convierte en un verdadero paseo por la historia, marcando cada recorrido con distintos telones de fondo, con los cambios de unos paisajes a otros. ¡Vívela!
PARQUE NACIONAL DE MONFRAGÜE
FLORA Y FAUNA
El bosque y matorral mediterráneos conforman el ecosistema más característico de Monfragüe. En las faldas de sus sierras orientadas al sur (las solanas) la vegetación predominante es el encinar o las extensiones de acebuche. Según el estado de madurez o degradación, la cobertura arbustiva pasaría de majuelos, piruétanos y retamas a jaguarzos, brezos y cantuesos. En las laderas orientadas al norte (las umbrías) los alcornoques ocupan gran parte de la superficie. Acompañándolos, en suelos más profundos y húmedos, se encuentra el quejigo. La maraña de arbustos, reliquias del pasado subtropical, es extensa: durillo, labiérnago, cornicabra y arce de Montpellier, entre otros. Diversas especies de herbáceas, como orquídeas, lirios y peonias brotan en las pedreras cuarcíticas.
La riqueza de su avifauna forestal supone, con toda seguridad, uno de los mayores atractivos de Monfragüe. El buitre negro y el águila imperial ibérica nidifican sobre alcornoques de gran talla que sobresalen de la espesura de las umbrías. Inmersas en ella, águilas culebreras y calzadas, azores y gavilanes, cárabos y autillos, comparten la impenetrable densidad vegetal con un sinfín de aves insectívoras, granívoras y frugívoras. De los mamíferos ligados al bosque, cabe destacar el ciervo, el jabalí, la gineta o la única mangosta europea: el meloncillo.
Tapizados por musgos y líquenes, dependiendo de la estación del año, el roquedo, constituye tal vez el espectáculo estético más sobrecogedor de Monfragüe. Desplomados desde las alturas de los extremos de las sierras hasta el cauce de los ríos, estos paredones cuarcíticos ofrecen su lugar de anidación a una extensa avifauna: buitres leonados, alimoches, búhos reales, cigüeñas negras, halcones peregrinos, roquero solitario, chova piquirroja, collalba negra... Tan solo la encina y el enebro han conseguido colonizar un medio tan precario como este; eso sí, alcanzando únicamente porte arbustivo. Helechos, claveles silvestres, ombligos de roca y cenizos son las intrépidas rupículas que se asoman al abismo. Las dehesas que circundan el parque sirven de verdadera despensa a las especies que habitan en Monfragüe, si bien por sí mismas presentan unas soberbias peculiaridades: cuartel de invernada de la grulla común, hábitat del rabilargo, pastizal ganadero, farmacoteca... sus utilidades ecológicas y económicas son interminables.
Las aguas embalsadas de los ríos son el refugio de una apreciable fauna. Especies autóctonas como barbos y bogas compiten con las introducidas carpas o percas. Al acecho de cualquiera de ellas podemos observar la nutria, mientras que la cigüeñas negras, diversas anátidas y limícolas pescan en sus orillas. Los arroyos arropan sus márgenes con bosquetes de fresnos y alisos y su abundancia de alimentos asegura la subsistencia a numerosos anfibios y reptiles: salamandras, tritones, gallipatos, galápagos, y ofrece un refugio ideal en los estíos al resto de la vida que bulle en los bosques adyacentes.
ECOSISTEMAS DE MONFRAGÜE
En Monfragüe encontramos la más extensa y mejor conservada mancha de monte mediterráneo a nivel mundial. Esta área natural puede considerarse como un valle surcado por los ríos Tajo y Tiétar.
Las sierras que delimitan este valle acogen una importante variedad de biotopos: encinares, bosque y matorral mediterráneo, roquedos, embalses y arroyos, permitiendo la existencia de una rica vida vegetal y animal. Entre la fauna, representada por más de 280 especies de vertebrados, se encuentran algunas de las especies más significativas de la naturaleza española.
Está dividido en cuatro ecosistemas, que son: